CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER (8 DE MARZO)
El otro rostro del poder:
mujeres, silencio y memoria en el 8M
El feminismo del siglo XXI y las nuevas formas de silencio y represión
8 de marzo de 2026
CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER (8 DE MARZO)
El otro rostro del poder:
mujeres, silencio y memoria en el 8M
El feminismo del siglo XXI y las nuevas formas de silencio y represión
8 de marzo de 2026
MIGUEL ÁNGEL SAN JUAN
Cada 8 de marzo las calles se llenan de nombres propios y de consignas colectivas. Recordamos a las mujeres que conquistaron derechos, a las que resistieron en la sombra, a las que pagaron con su libertad —y a veces con su vida— el precio de desafiar el orden establecido. Pero también es un día para mirar allí donde la historia ha preferido no mirar: a los márgenes, a los salones privados, a las cocinas silenciosas, a las casas convertidas en jaulas de oro. Esos lugares donde muchas mujeres no parecían protagonistas de la historia y, sin embargo, lo eran, por estar en muchos casos cerca de los poderosos —compartiendo sus lechos incluso— y por sufrir la imposición de una moral que consideraba a la mujer un ser inferior al hombre.
Cuando escribí ‘Las esposas del régimen’ quise detenerme en una figura incómoda: la de las mujeres que convivieron con el poder cuando el poder era injusto con ellas, autoritario, machista y violento. Mujeres educadas para acompañar —como los gemelos y la corbata, un accesorio más en las fiestas—, para sostener —poner la sopa caliente en la mesa, dejar las zapatillas preparadas y el pijama planchado—, para no preguntar demasiado. Mujeres que vivieron entre privilegios respecto al común de la sociedad, pero también entre barrotes invisibles. Mujeres que han sido juzgadas —cuando se ha hablado de ellas, rara vez— con la misma severidad que los hombres que tomaban las decisiones, sin que se tuviera en cuenta el estrecho margen de maniobra que realmente tuvieron si querían conservar la integridad, el honor y la vida.
La historia tiende a dividir el mundo en héroes y villanos. Pero la vida, y especialmente la vida de las mujeres en contextos autoritarios o profundamente desiguales, rara vez es tan simple. Muchas no eligieron el lugar que ocuparon. Otras sí lo hicieron, convencidas de que ese era el único modo de sobrevivir. Algunas callaron por miedo. Otras callaron porque nadie les enseñó que podían hablar, que podían huir. Con la perspectiva que dan el tiempo y el avance en derechos y libertades todo se ve mucho más sencillo.
Este 8M me interesa reivindicar una idea que puede resultar incómoda para algunos: el feminismo no consiste solo en celebrar a las mujeres —y muchos hombres con ellas— que se rebelaron y cambiaron las cosas, sino también en comprender las estructuras que empujaron a tantas otras a la obediencia y el silencio. No para absolver a nadie, sino para entender mejor. En ‘Las esposas del régimen’ no hay heroínas perfectas. Hay mujeres atravesadas por contradicciones. Algunas pueden parecer cómplices. Otras, víctimas. Casi todas, ambas cosas al mismo tiempo. Y esa ambigüedad no las hace menos humanas; las hace más reales. Durante demasiado tiempo hemos exigido a las mujeres una pureza moral que jamás se ha exigido a los hombres. Si desafían el sistema, deben ser irreprochables. Si no lo hacen, son traidoras a su sexo. Esa trampa también forma parte del engranaje que nos limita.
El 8 de marzo es una fecha para celebrar avances innegables: derechos políticos, laborales, sexuales y reproductivos que nuestras abuelas no pudieron siquiera imaginar. Pero también es una fecha para preguntarnos qué formas adopta hoy el silencio. Ya no se impone siempre con leyes explícitas; a veces se impone con dependencia económica, con culpa, con miedo a la exposición pública, con campañas de desprestigio. Cambian los decorados, pero el guion del control sigue siendo plenamente reconocible. Las mujeres cercanas al poder —en la política, en la empresa, en la cultura— siguen siendo observadas con lupa. Se analiza su ropa, su tono de voz, su vida privada. Se cuestiona si están ahí por méritos o por proximidad a alguien. Se sospecha de su ambición. Y, cuando el poder cae en desgracia, ellas se convierten en blanco fácil.
Hablar de “las esposas del régimen” es hablar de un arquetipo que atraviesa épocas y geografías. Es la mujer que acompaña al hombre poderoso, que sonríe en las fotografías oficiales, que organiza actos benéficos mientras las decisiones reales se toman en otra habitación. Pero también puede ser la mujer que, desde ese lugar aparentemente secundario, encuentra grietas para proteger a otros, para suavizar daños, para sembrar dudas. La historia rara vez registra esos gestos minúsculos, pero no por ello dejan de existir, más bien al contrario: pueden ser realmente transformadores.
El feminismo del siglo XXI tiene el desafío de ampliar la conversación. No basta con preguntarnos cuántas mujeres ocupan espacios de poder —el famoso debate de las cuotas—; debemos preguntarnos en qué condiciones lo hacen y con qué libertad real. No basta con exigir presencia, hay que garantizar autonomía. No basta con romper el techo de cristal si debajo sigue habiendo un suelo pegajoso que inmoviliza a la mayoría.
Este 8M quiero reivindicar la complejidad. La posibilidad de narrar a las mujeres sin reducirlas a estereotipos. La necesidad de entender que el poder también se ejerce sobre ellas, incluso cuando parecen formar parte de él. Y, sobre todo, la urgencia de escuchar sus voces, incluso las más incómodas. Porque algo ha cambiado de manera irreversible: hoy muchas ya no aceptan el papel de figurantes en la historia de otros, ya no se conforman con sostener el silencio: lo rompen, lo escriben, lo denuncian. Lo transforman en memoria. Y en este libro tienen esa voz que durante décadas fue silenciada.
Como autor, mi responsabilidad no es dictar sentencias, sino abrir preguntas. ¿Cuánta libertad tiene quien vive a la sombra del poder? ¿Cuánto margen de decisión existe cuando toda una estructura cultural y moral te ha enseñado que tu valor reside en la lealtad y la discreción? ¿Qué habríamos hecho nosotros en su lugar?
El 8 de marzo no es una fecha de unanimidades, sino de conciencia. Nos recuerda que la igualdad no es un punto de llegada, sino un proceso en construcción. Y que para avanzar necesitamos mirar de frente tanto al coraje como al miedo. Si algo he aprendido al escribir ‘Las esposas del régimen’ es que la historia no está hecha solo de grandes discursos y decisiones públicas. También está hecha de conversaciones susurradas, de renuncias silenciosas, de gestos casi invisibles. Y en todos ellos, las mujeres han estado, aunque durante demasiado tiempo nadie haya querido verlas. Este 8M, miremos también ahí. Y preguntémonos qué silencios estamos dispuestos a seguir tolerando.