En ‘Las esposas del régimen’ pones el foco en mujeres cercanas al poder autoritario durante el franquismo en España. ¿Por qué te interesó ese punto de vista?
Porque es un territorio incómodo y poco explorado. La historia ha juzgado —con razón— a quienes ejercieron el poder injusto, pero rara vez se ha detenido a analizar qué lugar ocuparon las mujeres que convivían con ese poder. Me interesaba explorar esa zona gris: no para absolver, sino para comprender. Porque sin comprensión y empatía no hay transformación posible.
¿No temes que se interprete el libro como una justificación de la complicidad?
En absoluto. Comprender no es justificar. El feminismo no puede limitarse a crear nuevas categorías de culpabilidad; tiene que analizar las estructuras que condicionan las decisiones. Muchas de estas mujeres tuvieron márgenes de acción muy estrechos, su vida llegaba a estar en juego si pretendía rebelarse contra el poder, y aún así algunas lo hicieron clandestinamente. Otras sí que fueron cómplices activas, por supuesto, pero el mensaje central del libro es que esa falta de derechos y libertades, esa represión hacia la figura femenina, no solo afectaba a las mujeres más humildes, sino también a las más cercanas al poder que soportaban ese machismo y abuso pese a vivir en un entorno mucho más acomodado que el resto.
Hablas de jaulas invisibles o barrotes de oro en el caso de las mujeres de las élites más altas, pero también hablas de acallar, de reprimir, no solo a esas mujeres, sino a todas, independientemente de su estrato social.
Sí. Me refiero a todas aquellas limitaciones que no siempre están escritas en leyes, pero que son profundamente eficaces: la dependencia económica, la presión social, la educación sentimental basada en la lealtad y el sacrificio, el miedo al escándalo. Son formas de control más sutiles que la prohibición directa, que evidentemente existía también durante la dictadura y en muchos casos se perpetuó más allá de los primeros años de la democracia, pero son igualmente poderosas. Lo vemos hoy en muchos casos de violencia machista.
El propio código penal estableció durante décadas en nuestro país que el hombre podía asesinar a su mujer si le era infiel y no era condenado por ello, pero no era así a la inversa. La desigualdad ha estado refrendada por leyes, pero también, y sobre todo, por una moral discriminatoria, machista y represora que no se borra de la sociedad de la noche a la mañana y hoy aún, pese a los inmensos avances en materia de igualdad, conservamos vestigios de la misma. Solo hay que ver las cifras de violencia contra las mujeres o la brecha que aún existe, aunque cada vez menor, en ciertas profesiones y cargos.
¿Crees, entonces, que ese arquetipo de “esposa del régimen” sigue existiendo hoy?
Sí, aunque con otros nombres y otros escenarios o contextos. No hablamos solo de dictaduras. Hablamos de mujeres que orbitan alrededor de centros de poder político, empresarial o cultural y que son observadas, juzgadas y cuestionadas constantemente. El decorado cambia, pero la lógica de escrutinio y sospecha persiste por el tipo de vestimenta, por su actitud, por sus relaciones personales, incluso por el volumen de sus atributos femeninos. La mujer, sobre todo cuando ejerce el poder o está cercana a él, es analizada aún hoy con un filtro mucho más inquisitivo que aquel con el que criticamos a un varón.
¿Qué papel juega el 8M en esta reflexión?
El 8M es una fecha para celebrar avances, pero también para ampliar la conversación. No solo debemos preguntarnos cuántas mujeres llegan al poder, sino en qué condiciones lo hacen y con qué autonomía real. El feminismo también consiste en mirar las contradicciones, en no perder de vista ninguna realidad y en observar de forma transversal algunas aristas de la diversidad que confluyen con el género: las mujeres trans, las mujeres homosexuales, las mujeres con discapacidad, las mujeres que superan los 50 años, los 60 años, las mujeres adolescentes, las mujeres racializadas, etc.
En tu libro no hay heroínas perfectas. ¿Fue una decisión consciente?
Totalmente. Durante siglos se ha exigido a las mujeres una pureza moral casi imposible. Si desafiaban el sistema, debían ser ejemplares; si no lo hacían, eran traidoras. Quería romper con esa dicotomía. Las mujeres, como los hombres, están atravesadas por contradicciones, y pueden tener una lucha muy loable y, al mismo tiempo, errar o incluso cometer un delito, como en el caso de alguna de las protagonistas. La mujer, como el hombre, es diversa e imperfecta, y esa pluralidad de realidades he querido mostrarla también en la novela.
¿Qué te sorprendió más durante el proceso de escritura?
La cantidad de silencios. Silencios en archivos, en memorias familiares, en relatos oficiales. Y también la facilidad con la que la opinión pública convierte a estas mujeres en símbolos simplificados, sin detenerse a analizar las estructuras que las rodeaban. Todavía hay algunas mujeres, y por pocas que sean son demasiadas, que aún te dicen: es mejor no significarse, no hablar, no hacerse notar mucho, por lo que pueda pasar. Y eso me parece terrible.
¿Diría que el libro es una obra feminista?
Si entendemos el feminismo como lo que es realmente, la lucha por la igualdad de género y una herramienta crítica para analizar el poder y las desigualdades y poder acabar con ellas, entonces diría que sí. Es un libro que intenta mirar a las mujeres como sujetos históricos complejos, no como figuras decorativas ni como caricaturas morales. Es un libro para dar voz a todas las mujeres que no la tuvieron o no la encontraron en su momento.
¿Qué espera que provoque en el lector este 8 de marzo?
Incomodidad, preguntas, matices. Me interesa que el lector se pregunte: ¿qué habría hecho yo en su lugar? ¿Cuánto margen de libertad tenía realmente esa mujer? La empatía crítica es una forma de conciencia.
Si tuvieras que resumir el mensaje central en un par de frases, ¿cuáles serían?
Que el poder quizás se ejerza sólo desde el centro, especialmente en regímenes autoritarios, pero se padece en sus márgenes, en las cocinas, en las camas, en ese insulto, en ese desprecio, en esa orden, en esa bofetada. Y que para avanzar hacia la igualdad debemos entender tanto la importancia del coraje y la valentía, como lo inevitable del miedo y de algunos silencios.
Sobre el autor:
Miguel Ángel San Juan (Valladolid, 1988) es escritor, periodista y entrenador en comunicación y diversidad. Director en la consultora Padula&Partners presidida por el comunicador Euprepio Padula, es además el editor del podcast ‘El círculo independiente’ y del programa de radio ‘Voces que incluyen’ de RNE. Compagina su actividad mediática y literaria con el acompañamiento a directivos y personalidades públicas para construir su marca personal y proyectar, así, la mejor versión de sí mismos. Tiene una trayectoria marcada por su compromiso social con la diversidad, trabajando con personas con discapacidad, ejerciendo un activismo público en favor de los derechos LGTBIQ+ o la igualdad de género. Ha escrito ensayos de comunicación, cuentos infantiles en favor de la diversidad y distintas novelas, siendo ‘Las esposas del régimen’ su obra más madura.
Sinopsis de ‘Las esposas del régimen’
Año 2022, Madrid. Nando, un estudiante de Periodismo e hijo de una familia de importantes joyeros, descubre un extraño pedido en los archivos de 1942. Decidido a investigar la historia que oculta con ayuda de Libertad, su compañera de carrera, ambos comienzan a realizar una serie de averiguaciones que los van acercando rápidamente a la verdad. Ochenta años antes un grupo de mujeres, hartas del yugo del machismo impuesto en la sociedad de la época por el régimen de Franco, decidieron pasar a la acción y organizarse para luchar por sus derechos en un momento en el que el movimiento feminista se aplacaba con mano dura. No les quedó más remedio que hacerlo en la clandestinidad… Ahora, alguien interesado en que los secretos que esconden esas joyas no salgan a la luz comienza a perseguir a la pareja para ver hasta dónde llegan con sus indagaciones y pararlos a tiempo, antes de que descubran algo que debe permanecer en secreto.